Pintor,
dibujante y escultor antioqueño (Medellín, 1932). Autodidacta, estuvo por
poco tiempo en la Academia de San Fernando de Madrid y luego en la Academia de
San Marcos de Florencia. Recibió clases sobre el arte del Quattrocento italiano
con Roberto Longhi. Botero es el artista más importante de Colombia en los últimos
decenios. Su vastísima obra, en la actualidad plenamente consolidada, su deliberada
aversión por el arte contemporáneo y su amplio conocimiento de la historia de
la pintura clásica hacen de Botero un artista excepcional en el país y el resto
de América Latina. Sus pinturas y dibujos son trabajos personalísimos que de ninguna
manera se pueden confundir con las diversas posturas figurativas internacionales
de los últimos años. Su arte es, hasta cierto punto, retrógrado y provinciano.
Depende más del arte de los grandes maestros, del arte popular, de la tradición
precolombina, de la imaginería del período colonial de América Latina, que de
cualquier "ismo" figurativo.
Botero
afirmó en 1967: «Soy una protesta contra la pintura moderna y, sin embargo, utilizo
lo que se oculta tras sus espaldas: el juego irónico con todo lo que es absolutamente
conocido por todos. Pinto figurativo y realista, pero no en el sentido chato de
la fidelidad a la naturaleza. Jamás doy una pincelada que no describa algo real:
una boca, una colina, un cántaro, un árbol. Pero la que describo es una realidad
encontrada por mí. Podría formularse de este modo: yo describo en una forma realista
una realidad no realista». Tracy Atkinson, uno de los varios críticos extranjeros
que se ha referido a su trabajo, ha escrito: «El mundo de Botero es la gente en
un amplio repertorio que generalmente resulta absurdo y un poco patético. Pero
el calor y la símpatía de su tratamiento la salva de su fealdad y la hace al instante
inolvidable. La actitud del artista es tan intensa y consistente que llega a todas
las cosas. Por eso una sandía posee en un cuadro de Botero la misma personalidad
de una señora gorda en un almuerzo campestre en las montañas. Es un mundo que
sufre de gigantismo, pero lleno de inocencia y de la mejor voluntad. Detrás de
él aparece la calidad de la pintura, que es excepcional desde el punto de vista
del oficio. Los cuadros de Botero son, ante todo, pinturas de gran belleza. El
artista ha escogido una manera de pintar tradicional, pero ésta se encuentra tan
transformada por su visión personal que resulta única y muy original.
Las
primeras obras que se conocen de Botero son dibujos: las ilustraciones para el
suplemento literario del periódico El Colombiano de Medellín. En 1951, trasladado
a Bogotá, expuso por primera vez individualmente en la galería Leo Matiz, y presentó
acuarelas, gouaches, tintas y óleos. Posteriormente, en sus innumerables exhibiciones
individuales, Botero ha realizado varias exclusivamente de dibujos, en diferentes
medios, combinando muchas veces las pinturas al óleo con los dibujos. Pinturas
en que las figuras aparecen ceñidas por las líneas y en las que, incluso en la
fase expresionista, se perciben trazos vehementes que definen la representación.
Dibujos de gran formato, muchos realizados sobre lienzo. Indudablemente, Botero
le da especial importancia al dibujo. Con las ventas de algunos de sus trabajos
expuestos en Bogotá en 1951, se instaló en Tolú.A su regreso a la capital volvió
a exponer, ahora con más éxito. En el IX Salón Nacional, realizado en 1952, Botero
obtuvo el segundo premio en Pintura con el óleo Frente al mar. Tiene, entonces,
20 años y decide viajar a Europa (Madrid, Barcelona, París, Florencia). Allí permanece
hasta 1955. De estos años en el Viejo Continente, Botero ha comentado: «En realidad
me considero autodidacta. Trabajé tres años en escuelas de bellas artes, pero
prácticamente nunca tuve profesor. Mi aprendizaje lo hice leyendo, mirando museos
y, sobre todo, pintando». En 1956 viaja a México, después pasa a Washington y
Nueva York.
A
su regreso en 1957, comparte con Alejandro Obregón y Jorge Elías Triana, el segundo
premio en Pintura del x Salón de Artistas Colombianos, con el óleo Contrapunto.
En 1958 gana el primer premio del XI Salón Nacional, con el óleo La camera degli
sposi (Homenaje a Mantegna). Desde entonces, el trato de Botero con los grandes
maestros del pasado y con algunos pocos modernos ha sido constante. Botero se
empeñó, y lo logró, en pintar y dibujar como los mejores, y para ello no sólo
visitó los museos y estudió metódicamente las técnicas y los procedimientos, sino
que trabajó en largas jornadas. Esa familiaridad y admiración por el arte desde
el Renacimiento explican bien el carboncillo La comida con Ingres y Piero de la
Francesca (1972), en el que Botero aparece compartiendo una mesa con el neoclásico
francés y el gran pintor italiano del Quattrocento. Pero si ha podido sentarse
en la mesa de los clásicos por talento, empeño y trabajo, Botero no ha dejado
de ser un artista de América Latina, de Colombia e incluso de Medellín: «Muchos
artistas creen que el arte se vuelve universal al copiar en forma universal. Yo
no pienso así. Creo que hay que ser honesto con uno mismo, y al serlo se puede
llegar hasta la gente de todo el mundo«Soy el más colombiano de los artistas colombianos,
aun cuando he vivido fuera de Colombia por tanto tiempo, desde 1960» «En cierto
modo, yo pinto Colombia de la manera que quiero que sea, pero no es así. Es una
Colombia imaginaria que es y, al mismo tiempo, no es igual a la verdadera Colombia».
En
1961 se instala en Nueva York, donde trabaja durante doce años; después se radica
en París. No obstante, Botero es un auténtico representante del arte latinoamericano
no sólo por sus temas de monjas, prelados, militares, prostíbulos, pueblos de
casas sencillas y bodegones con frutas tropicales, sino por su realismo mágico.
Trabaja a partir de un mundo conocido y recordado, pero en él aparecen y suceden
muchas cosas maravillosas: la composición sobre un fondo color vino de ocho prelados
amontonados unos sobre otros como si fueran las frutas de un bodegón, del óleo
Obispos muertos (1965); la desmesurada desproporción entre la diminuta primera
dama y el gigante militar, con una minúscula taza, del óleo Dictador tomando chocolate
(1969); la presencia de una babilla y una serpiente en el piso de la sala, del
carboncillo Familia con animales colombianos (1970).
El
catálogo de la exposición de Botero, organizada por el Museo Hirshhorn de Washington
en 1979, dividió sus obras en seis categorías: 1) Religión: Madonnas, santos,
diablos, cardenales, obispos, nuncios, madres superioras, monjas; 2) Grandes maestros:
diversas interpretaciones de obras de Jan van Eyck, Masaccio, Paolo Uccello, Andrea
Mantegna, Leonardo da Vinci, Lucas Cranach, Alberto Durero, Caravaggio, El Greco,
Diego Velázquez, Francisco de Zurbarán, Juan Sánchez Cotán, Georges de la Tour,
etc.; 3) Naturalezas muertas y vivientes: animales, especialmente en las esculturas
de los últimos años; 4) Desnudos y costumbres sexuales: particularmente escenas
prostibularias; 5) Políticos-presidentes, primeras damas, militares; y 6) Gente
real e imaginaria: el ciclista Ramón Hoyos, vendedores de arte, miembros de su
familia, numerosos autorretratos y muchos personajes anónimos que posan, comen,
bailan o montan a caballo. Entre la gente imaginaria hay que mencionar a los toreros
y a los muchos personajes, incluyendo los de los tablaos flamencos, relacionados
con el mundo de la tauromaquia, tema recurrente en la obra de Botero desde los
primeros años ochenta. De acuerdo con Simón Alberto Consalvi: «La tauromaquia
de Botero es una confesión: un ejercicio de nostalgia y, finalmente, una fiesta
de grandes toros, matadores arrojados, picadores borbónicos, caballos suicidas
y majas celebratorias>,. Pero la fiesta brava no puede entenderse sin la presencia
de la muerte, y Botero lo sabe bien; ha pintado cuadros como Toro muriendo (óleo,
1985) y Muerte de Ramón Torres (óleo, 1986), en los que el triunfador es un esqueleto
que blande una espada, acaballado en la grupa del animal.
Desde
1976 Botero ha combinado su trabajo de pintor y dibujante con el de escultor.
En 1977 expone por primera vez sus esculturas, en el Grand Palais de París. Contando
con algunas obras previas realizadas en pasta acrílica, que se remontan a comienzos
de los sesenta, Botero tiene hoy una producción abundante en tres dimensiones,
especialmente bronces y mármoles. Al leer los textos del propio artista comentando
sus esculturas, se entiende fácilmente el carácter "arcaizante" que tienen todos
sus trabajos tridimensionales. Botero habla, por ejemplo, de «volver a enfrentar
el problema dentro de los materiales tradicionales como el bronce o el mármol»,
de buscar «el espíritu de la escultura colonial», tener «raíces en el arte precolombino»,
tener «cierta inspiración en piezas del arte popular mexicano». Con estas inclinaciones,
no puede negarse que Botero ha logrado llevar a cabo, en los mejores talleres
de Pietrasanta (Toscana, Italia), algunas esculturas de muy buena calidad, especialmente
cuando agiganta un fragmento del cuerpo humano o lleva al absurdo el contraste
entre dos figuras o partes de un cuerpo. No en balde Botero ha tenido reconocimientos
como la exposición de sus esculturas en los Campos Elíseos de París (1992) y en
la Quinta Avenida de Nueva York (1993), al igual que la exposición La corrida,
en la Biblioteca Luis Angel Arango de Bogotá (1993). Hoy, todavía Botero parece
inagotable. Creador de una "raza" inconfundible, dueño de una imaginación ilimitada,
catador de los mejores pintores clásicos, conocedor de todos los oficios tradicionales
en pintura, dibujo y escultura, hijo legítimo de Colombia y Latinoamérica, el
imaginero antioqueño asegura que el problema no es cambiar sino profundizar.